martes, 6 de junio de 2017

Vecinos calle de Regiones: Alcaracejos 1950 - 1960


Alcaracejos 1955
Mi infancia son recuerdos de una calle rojiza[1],
Sin asfalto, con árboles y personas muy dignas.

Con niños que jugaban al trompo y a la pídola[2],
Con canteros[3] y hollos[4] para la merendilla.

Con caras churretosas y babis protectores,
Ambiente de postguerra y radio sin colores.

Con paredes muy blancas y balcones en verde,
Y mulos con sus carros que por la tarde vuelven.

Con anémicas luces que el viento hacía vibrar,
menos zonas diáfanas que con oscuridad.

Públicas luces tibias que dominaba el viento,
Y agitaba con fuerza silbando un tintineo.

Persianas de madera que protegían del Sol.
¡La calle de “ Regiones” de Isidro Labrador ¡
  
La calle tenía 22 viviendas. Posiblemente fuera la más ancha del pueblo. Aceras empedradas limitadas por bordillos de granito y dos filas de acacias con agradables sombras. Todas las casas estaban habitadas y salvando esporádicas peleas de chiquillos, las relaciones eran de buena vecindad. Recordar aquí a todos los vecinos ha sido posible gracias a la ayuda de Rafaela Sánchez Navarro, vecina de la calle en mi niñez y vecina de la calle en la actualidad. ¡¡ Muchas gracias!!. Era la década de los 50 (1950 – 1960). Éramos los vecinos de la Calle de Regiones. Sirvan estas líneas como un pequeño homenaje a todos ellos.

En el nº 1, estaba la oficina de la mina de Cantos Blancos donde trabajaba mi padre como jefe administrativo de Indumetal y dónde “Pedrín, hijo de Leónides Gómez y Lorenzo Cruzado, daba sus primeros pasos como aprendiz de oficinista. Aún lo veo con un pantalón corto largo y oscuro - por encima de la cintura- y una camisa blanca abrochada hasta el cuello con manga larga.

Enfrente de la oficina vivía yo con mis padres, actual casa de Eloy y Lucía (q.e.p.d), buena gente donde los haya. Era el número 2. Mi madre Mª Luisa era maestra de parvulitos (de 3 a 6 años) y Claudio, mi padre solicitó permiso al Ayuntamiento para dejarlo y trabajar en la mina. Al trabajar los dos necesitaban ayuda en la casa. Recuerdo a Máxima y luego vino Genoveva, madre de Juliana, Carmen y Pilar, mujer alegre y bondadosa. Mis amigos eran Antonio – hijo de Dª Victoria -, Andrés – cariñosamente llamado “el Peji” – hijo de Antonio y Gliceria y Pepe el del molino, hijo de José y Eduvigis.

Inmediatamente a la oficina de la mina vivían los panaderos, en el nº 3. Elisea era la madre de Manolo y Pepe, ya adultos. Elisea era una abuelita encantadora. En su casa yo era un pequeño príncipe: me daban agua de litines[5], comía chocolate y me encantaba el pescado del día anterior, jugaba a las cartas…..A Elisea la recuerdo vestida de marrón, como un hábito, y un delantal a rayas, su moño recogido y unas gafas que tenían un cristal translúcido. Me llamaba poderosamente la atención no poder ver aquel ojo. Nunca supe lo que había detrás de ese cristal. Su voz era dulce y armoniosa. De abuelita de cuento. Nunca la escuché gritar y la sigo recordando por el mucho cariño que me dió. Con los años Elisea y familia se cambiaron a la calle Ramón y Cajal, en la esquina con el callejón. En la otra esquina estaba su panadería, siempre oliendo al maravilloso perfume de la jara utilizada en el horno. Verde o quemada daba igual: el olor a jara era un mágico billete de viaje que te trasladaba a cualquier monte bajo en mitad del campo. Recuerdo haber ido a visitar a Elisea, mayor, encamada,…….pero sonriente.

Calle de "Regiones". 1960
Frente a Elisea, pegando a mi casa, en el nº 4 habitaba la familia Martínez. Él era más bien grueso, con bigote, calvo por el centro de la cabeza, de mediana estatura y ella morena, pelo corto muy negro, cara algo pálida y vestida de luto riguroso. Tenían dos hijas que eran mis amigas: Mari y Magdaleni. Mari era mi preferida porque era de mi edad. Magdaleni, al tener un par de años más era más independiente. Mari tenía el pelo liso y cortado a la altura del cuello en línea recta……casi siempre llevaba un lazo puesto en el lateral derecho de su cabeza. Tenía cara de pájara inteligente, nariz algo destacada y una amplia y simpática sonrisa. La recuerdo como una niña alegre y divertida, muy alegre. Con el tiempo, quizás demasiado pronto, en 1955 – 56 esta familia se trasladó a Granada y nunca más supe de ellos. Hoy, la pista puede estar en Pinos Puente.

A continuación de los panaderos estaba el nº 5. Era la casa de Dª Victoria: maestra y viuda. Era una persona corpulenta. Tenía gafas. La recuerdo vestida de luto riguroso. Hablaba con acento castellano y voz característica. Tuvo dos hijos, Antonio Herrera Salamanca y su hermano mayor José Tomás. La madre de ella, siempre muy bien arreglada, vivía también allí.
Dª Victoria, se casó de segundas nupcias con Juan José. Como mi madre era maestra y vivíamos casi enfrente los hijos éramos amigos. Antonio tenía cierta dificultad para hablar y más de una vez tuvo que sufrir las pesadas bromas y la mala idea de los niños. Aparte de ser mi amigo, nunca me gustó esa especie de maltrato que hoy lo podríamos identificar como acoso. José Tomás era bastante alto y delgado Tenían una perra, una galga, que se llamaba Gilda, juguetona y alegre. Su jugueteo me daba un poco de miedo aunque el animal nunca hizo daño a nadie. Recuerdo su casa con muebles muy antiguos, oscuros, lámpara colgada del techo con tulipas que daba una luz amarillenta algo triste, como casi todas las de la época debido a los pocos vatios.
Por cierto que en esa época la luz se iba y venía con excesiva frecuencia. A veces hasta varias veces al día. Muy jóvenes comprendimos eso de: “Se han fundido los plomos” ya que los picos de tensión en la corriente eléctrica eran frecuentes. Usando hilo de cobre aprendimos a poner “unos nuevos plomos” en las casas y todo volvía a la normalidad.

Enfrente de Dª Victoria, al lado de los Martínez, estaba la casa nº 6 habitada por tres hermanos: Carmen, Teófilo y Saturnino. Vivian con su madre, Mª Paz. Creo que procedían de Ciudad Real y me queda en la memoria que hablaban diferente, sobre todo pronunciaban las eses del final de las palabras, cosa extraña en los Pedroches. A Carmen y Mª Paz las recuerdo vestidas de negro y con el pelo blanco. A Saturnino con traje de rayas, camisa blanca sin corbata abotonada hasta arriba y una boina negra, entonces frecuente. De Teófilo no tengo recuerdos. Cuando esta familia se fue creo que compraron la casa Manolo “el de Pablos” y Rosita que tenían una tienda en la plaza, a modo de pequeño gran almacén.Tenían de todo.

En el nº 7, haciendo esquina, vivía la familia Nevado: Diego Nevado y Adoración Moreno. Diego trabajaba como capataz de obras públicas. El matrimonio tuvo dos hijas: Pilar y Dori. Pilar formaba parte del grupo de estudiantes de 2º y 3º de Bachillerato junto con Félix Rodrigo, Juani Suárez, Anita Higuera, Miguel Ranchal y yo (Cursos 61-62 y 62-63). La familia Nevado era un encanto: íbamos a su casa a hacer las tareas juntos. Especialmente recuerdo los problemas de matemáticas en invierno. La madre nos sentaba alrededor de la mesa camilla con el braserito. Vivía con ellos una hermana de la madre, la “tía Catalina”, igual de cariñosa que toda la familia. Actualmente las dos hermanas viven en Córdoba y, recientemente, he tenido la oportunidad de pasar un buen rato de charla con ellas. Pilar me contaba que siendo ella una niña, mi madre la dejaba al cargo de la escuela cuando estaba enferma o cuando tenía que asistir a una reunión. “Fue tu madre la que me inculcó la vocación por el magisterio”, me dijo. También me confirma que su padre hizo la escalera que todavía sube al primer piso del Bar El Control.

               Al otro lado de la calle, el nº 8. La vivienda estaba ocupada por D. Enrique Velasco, facultativo de minas, y familia: Dª Concha su esposa y sus dos hijos Mª Elena y Jorge. Eran de Gijón. Jorge conocía a todos los niños de la calle y sus cumpleaños eran muy celebrados con sabrosas tartas. Tenía figuritas de indios, soldados USA, cow-boys, caballos, carretas, etc….me gustaba ir a su casa y jugar con estos muñequitos que se dividían por la mitad y podías obtener muñecos diferentes uniendo mitades diferentes. En casa de Jorge, en el patio, había un palomar. Estaba elevado por lo menos tres metros sobre un poste con plataforma. En ella se apoyaba la casita blanca de las palomas con un techo verde. Al irse del pueblo se instalaron en Madrid. Cuando se fueron, 1956, la casa pasó a un médico D. Antonio García Mesa, hombre delgado y pelo muy blanco. Su señora creo que estaba enferma y tuvieron dos hijas: Mª Antonia y Mª Pepa. Luego vivió allí Emilia Bermejo con su familia.

El antiguo callejón que atravesaba la calle S Isidro hoy son dos calles: la calle Rio Cuzna hacia la derecha y la Travesía de S Isidro a Ramón y Cajal hacia la izquierda, recientemente llamada calle Puerto Calatraveño. Nuevas construcciones han dado un perfil muy diferente a toda esa zona.
Calle S. Isidro ( 2011)

Cruzamos el callejón y tropezamos con el nº 9, hoy farmacia renovada. En esa parcela estaba la casa de Antonio Delgado Coleto y Gliceria. Antonio creo que trabajaba en la mina. Tuvieron tres hijos: Andrés, Teófilo y Antonio. También vivía con ellos la abuela, madre de él, Orosia. Asocio con esta familia a Eutiquiano, hermano de Gliceria. Me encantaba ir por su carpintería, oler a madera y ver como trabajaban. Su sobrino Antonio aprendió el oficio y luego estuvo con Antonio Alegre.

Enfrente del nº 9 estaba el 10. Yo no la recuerdo, pero me han contado que allí vivía María “la Viseña” o María la de Teno .Tenía tres hijos Eulalia, Ángel y Manolo, minero que murió joven. No puedo aportar nada más.

Contiguo a mi amigo Andrés, en la casa nº 11 estaba José Ruiz Dueñas, Pepe el del Molino, casado con Eduvigis. Tuvieron tres hijos: Amelia, Lola y Pepe que era amigo nuestro. La familia tenía un molino de harina en la carretera, entonces calle José Ventura, 37, más o menos enfrente del actual Tic – Tac. El molino estaba en la casa de Margarita y Nemesio. Nemesio era el padre de José.

Frente a la familia del molino, en el nº 12 residían “Las de León”. Nunca supe si ese nombre correspondía a provincia, animal o apellido ( me aclaran que era apellido). La gente las llamaba así. La madre era Zenobia y tenía cuatro hijos: Francisca, Juan, Carmen y Juliana. Recuerdo a Carmen con gafas, pelo corto y muy metida en cosas de la iglesia (en aquellos tiempos era muy frecuente, creo que era catequista). Juliana trabajaba en la “Cooperativa”, la Cope para nosotros. De los otros hijos no me acuerdo.

Convecinos de la familia del molino, hacia la carretera, estaba el nº 13: la señora Ramona y su marido Antonio. Tenían tres hijos, Celia, Eusebio y Antonio, hijo de su segundo matrimonio que murió chico. Mirando hacia atrás veo a la Sra Ramona enlutada, incluido el delantal. La relaciono con productos típicos de la huerta que vendía a los vecinos y en la plaza.

Cruzando la calle desde el 13, está la casa nº 14. En ella habitaban José Sánchez Zamora, su esposa Mª Jesús y su hija Rafi. Esta familia estará siempre unida a la “Cope”, gran bazar en el Alcaracejos de los 50 y los 60. Me cuentan que “a la Jesús” la llamaron a filas porque Jesús era nombre de chico. Aclarado que era mujer, parece que a partir de entonces empezaron a llamarla Mª Jesús. Al parecer antes de llegar a esta casa José y su familia, estaba ocupada por otras dos: En la planta baja vivía una señora que se llamaba Olimpia y en la alta “Mª la taruga” que al llegar ellos se fue a la casa nº 21, que luego sería de Rafael López Fernández y familia.

La familia de Alejandro y Damiana residían en el nº 15 y tuvieron cinco hijos: Antonio, Agustina, Ángel, Carmen y Josefa. Era una familia amiga y conocida de mis padres pues su hija Josefa fue mi niñera un tiempo. Incluso nos acompañó a Vejer y a los Caños de Meca donde pasábamos el verano con la familia de mi madre. Tengo algunas fotos. La mujer de Alejandro, Damiana, madre de Josefa, la recuerdo con la cara redonda y pelo recogido con moño detrás, pelo ya canoso. Su vestido siempre era amplio y marrón, casi parecía un hábito religioso, costumbre que entonces era frecuente. Se hacían promesas de este tipo por gracias recibidas. Desconozco la razón por la que esta mujer no podía hablar con claridad. Posiblemente algún accidente cardiovascular o algún tipo de dislexia, aunque entre los niños se comentaba que había sido de un susto durante la guerra. Creo que la única consonante que utilizaba era la “n”. A Alejandro lo recuerdo ya mayor, erguido y alto, con gorra, garrota y barba blanca no larga. Muy delgado y de buen humor. Daba largos paseos. Con frecuencia vestía una especie de blusón que los niños identificábamos con la ropa que usaban los vendedores de queso que venían de la Mancha. Antonio, hijo, fue muy amigo de Claudio, mi padre. Durante años compartieron paseos y conversaciones. Mi padre lo tenía en gran estima.

Antonio “del Molino” hermano de Pepe “del Molino”. Alto, corpulento y lo recuerdo rubio. Vivía con su mujer Leoncia en el nº 16. En su casa vendían leche de las vacas que cuidaban en su parte de atrás. La entrada a la vaqueriza estaba al volver la esquina a la derecha, poco después del nº 22, ya en la carretera para Pozoblanco. No tenían hijos y cuidaron de una sobrina de Pozoblanco: “La Teodosita”, una chica bastante mona que siempre cautivaba nuestra atención a pesar de su tremenda timidez.

Perspectiva general en la actualidad
               En el 17, contiguo a Alejandro y Damiana, me han dicho que se alojaban Antonio García e Isabel Evans con sus cinco hijos, tres varones y dos hembraas: Antonio, Guillermo, Rosarito e Isabel y otro. No puedo añadir ningún dato más.

               Frente al nº 17 estaba el 18: Paula y su marido, minero. Tenían una humilde tienda de comestibles. Tuvieron siete hijos: Mercedes, Alfonso, Carmencita (Hita), Kiko, Salvador, Pepe y Juan. Esta vivienda era la penúltima casa de la derecha, yendo hacía la carretera. De sus hijos varones recuerdo que Salvador aprendía el oficio de barbero en la barbería de Manolo, situada en la anchura de la actual calle José López Navarrete – la casa tiene hoy dos números el 6 y el 15 – antes de desembocar en la plaza al izquierda, antes de la “posá” de Antonio Ramírez. La barbería era un local que recuerdo frio, poco acogedor y con el material imprescindible. Allí nos pelaban sentados en una especie de taburete que colocaba sobre el sillón de “arreglar” a los adultos. Otro hijo de la Paula, el del medio, era Pepe. Tengo su cara en la memoria, más bien corpulento, pelo algo rubio y peinado hacia atrás. Juanito era el más chico y ese era mi amigo. De la tienda de la Paula me encantaba el “pan de higo” que ella vendía por trozos cortados en triángulos de base curvilínea, como los quesitos del caserío, pero más grandes.

En el nº 19 vivía el vigilante de las casas de esta calle. La verdad es que no recuerdo lo que aquel hombre vigilaba.…….es posible que tuviera alguna responsabilidad sobre las casas de la calle por la singularidad de ser viviendas del Estado de entonces. Recuerdo a su hijo que se llamaba José Mª y su hermana Mª Encarna. Arrebola creo que era su primer apellido.
            A José María lo recuerdo buen chaval, respetuoso, ……….el caso es que el tal José María era una especie de “percha de la guantá”…..todo el mundo se metía con él. La crueldad de los niños siempre presente. Por entonces se tenía la mala costumbre de poner motes a todo el mundo. Cualquier ocurrencia del gracioso de turno sobre tu cabeza, tu forma de andar o tu manera de jugar al fútbol, valía con tal de cambiarle a uno su nombre de pila. ¡Qué cosas!.....Lo mejor era no hacer caso y el paso del tiempo se encargaba de olvidar aquellas agudezas verbales. José Mª no era del pueblo y eso era motivo “más que suficiente” para burlarse de él. Las continuas burlas a veces generaban peleas que no siempre acababan bien. En esta casa vivió Gaudioso Barrera con su esposa María y sus dos hijos (uno de ellos José Luis). Gaudioso fue el contratista que hizo la actual Parroquia de San Andrés entre los años 1962 - 1966. Era de Arroyo de la Luz (Cáceres). 

Lindantes con la Paula, en el nº 20, vivían “los Estradas”. Arcadia y Francisco tuvieron - – creo – dieciocho hijos de los cuáles vivieron trece. Él era minero, muy delgado, con gafas de infinitas dioptrías. Recuerdo que Carmen era la hija mayor y yo la confundía con la madre de sus hermanos. Marcos, Paco, Juan, Pepe, Arcadita, Luis, etc…..Mi memoria guarda la imagen de buena gente, dignos, trabajadores y honrados. Entre los padres y los hermanos mayores procuraban mantener a raya a los más pequeños. Desde luego era importante no pelearse con ninguno……pues ante alguna emergencia empezaban a salir “Estradas” por todas partes. Esta casa sería ocupada con el tiempo por la familia de Rafael Castillo

En las esquinas, mirando ya a la carretera de Pozoblanco, a la derecha en el 22 nos encontrábamos con la familia Moraño – Rubio, Ana y Griseldo. Tuvieron dos hijos: Paco era compañero en la escuela, buena gente. Le encantaba jugar de portero en los partidos de fútbol. Su hermana era Conchi. Griseldo creo que trabajó en las minas y era un hombre especialmente habilidoso construyendo maquetas de madera. Quiero recordar una preciosa catedral de casi un metro de altura que hacía con una navajita y alguna lima.

A la esquina opuesta, al nº 21, se trasladó desde el nº 14, María “la taruga” y sus cuatro hijos. Luego la casa fue para Rafael López Fernández casado con Pepita “la de Saturio”. Rafael era hijo de Arsenio, buen zapatero con quién me pasaba las horas muertas viéndolo trabajar, y Pepita hija de Saturio, simpático personaje conocido en todo el pueblo por sus buenos golpes y su entrañable droguería. Rafael y Pepita tuvieron seis hijos: Mª Paz, Rafael, Ana Mari, Pepi, Juan Carlos y Jorge.

Las dos casas finales eran iguales en metros cuadrados a todas las demás pero por fuera tenían una especie de porche con cuatro arcos, dos de ellos – que daban a la calle S Isidro, estaban muy tapados con una especie de celosía de ladrillos. Luego había dos arcos diáfanos que cerraban el porche, con barandillas, de entrada a la casa.

            No puedo terminar estos comentarios sin recordar que “la calle de Regiones” tenía su propio equipo de fútbol y jugábamos contra los equipos de otras calles. La rivalidad era total. Antes de Semana Santa hacíamos una “especie de banda de música” con latas grandes de conservas como tambores amarradas a la cintura. Dos palos hacían de palillos y con la mano en la boca simulábamos las trompetas. Aparte de los juegos al trompo, bolindres, cartuchos, chapas de cerveza / refrescos, cartones, a la bola, pingané, tirachinas, pídola, esconder,……Lo pasábamos verdaderamente bien. Ser de una calle te daba una identidad en el resto del pueblo……”los de Regiones”.

Nota: quiero destacar la ayuda prestada por Rafaela Sanchez Navarro. Sin su colaboración estas líneas hubiera estado incompletas.




[1] El color rojizo de debía a tierra procedente de las minas de Cantos Blancos. Se echaba en la calle para tapar sus baches y desniveles. Pido disculpas a D. Antonio Machado por iniciar estas líneas con sus mismas palabras.
[2] En el Diccionario de español, María Moliner, lo define como un juego de muchachos muy conocido en todas partes que consiste en saltar por encima de uno encorvado con los codos sobre las rodillas, que se llama burro. Más datos en: http://www.efdeportes.com/efd140/el-salto-de-pidola-en-el-correo-postal.htm
[3] Dícese de la parte dura de la hogaza de pan.
[5] Litines: Litines en realidad es un neologismo en la lengua castellana que proviene de los Lithinés del Dr. Gustin, que se vendieron profusamente en España en la primera mitad del s. XX. Estos sobres se utilizaban para conseguir un agua alcalina y con alto contenido en litio, elemento al que se le atribuían beneficiosas propiedades en la curación de distintas enfermedades. A finales del s. XIX y comienzos del XX, perdieron su carácter farmacéutico y empezaron a ser ofrecidas en  droguerías y tiendas de comestibles como una alternativa barata y rápida de un refresco, en unos años en los que estas bebidas todavía no estaban incluidas en la dieta habitual de los españoles.

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