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El cuarto autor es Germán Santos. Sabemos que Germán fue
alcalde en la época de Franco: Oct 1951 - Oct 60. Políticamente, se alineó con
la derecha. Yo añadiría con una derecha pragmática. Antepuso su pragmatismo a
su ideología conservadora. Su obra, aunque en mi opinión presenta algunas
carencias de estilo, aporta datos interesantes sobre el Alcaracejos del inicio
de la Guerra Civil. “Mis aventuras en la Guerra Civil Española 1936 -1939”
es sobre todo, creo, un relato enfocado en su familia, teniendo por marco
Alcaracejos y otros pueblos a los que les condujeron las singulares
circunstancias de una guerra entre hermanos. Todos sufrieron. Todos lo pasaron
muy mal, pero, como siempre, fue la población civil la gran víctima.
Germán Santos publica su volumen en 1993, cuando estaba ya de
vuelta de muchas cosas y dice que escribe a instancias de “un número
considerable de amigos”. Era alcalde el socialista Antonio Mansilla Fernández;
Secretaría, Ana García y concejales Antonio Lisedas, Isabel López, Miguel
Puerto Sepúlveda, Antonio García Fernández, Antonio RamírezCaballero, Juan
Caballero Fernández, Paqui Rodríguez García y José Miguel Santos González
(nieto del autor). Cinco concejales del PSOE y cuatro del PP. El ayuntamiento
colaboró en la publicación del libro. Desconozco como.
Nota: Me he permitido hacer pequeñas correcciones, mínimas, para mejor
comprensión del texto.
En mi opinión, son muy aprovechables
algunas ideas que maneja en la introducción – página 7.
-
“Dolor
entre hermanos que ocasiona siempre una Guerra Civil”
-
Quiere
definir su postura personal entre las dos Españas enfrentadas.
-
Su
propósito es la reconciliación.
-
Su
suegro, Miguel Ranchal Pedrajas, fue asesinado en la zona republicana. Su tío
carnal Manuel Caballero Suárez y su primo hermano Bartolomé Santos Tena, lo
fueron en la zona nacional.
-
Quiere
hacer de estas muertes un símbolo de confraternización.
Germán habla en primera persona y dice:
ESTALLIDO DE LA GUERRA[1]
Mi afición política al comenzar la Guerra Civil era
inexistente, aunque por la preparación que se exigía para prestar el servicio
militar “por cuota”[2], me
lleva a sospechar que se hacía a la vista de un hipotético conflicto. Mi
opinión, en caso de consumarse aquel, se inclinaba por la derecha, a la que
emocionalmente pertenecía mi familia. Más que ser de derechas, ocurría que los
de izquierdas “nos veían de derechas”.
“El día 18 de julio de 1936 me
encontraba en Alcaracejos, porque en el sorteo de cuotas para el reclutamiento
del reemplazo de 1935, quedé excedente de cupo. El sorteo se celebró en la Zona
de Córdoba, junto a la iglesia de la Trinidad, lugar habitual de los sorteos.
En aquellas fechas, junto a mis
hermanos, Bartolomé y Pepe, regentábamos una tienda de tejidos y paquetería,
llamada El Paraiso, razón social Viuda de Emilio Santos Rodríguez, de la que
era titular mi madre Catalina Caballero Suárez.
El día 19, domingo, después de la
misa de doce que celebró el Sr. Cura, don Antonio Caballero Fernández, estaba
atendiendo a unos clientes en nuestro establecimiento, sito en la confluencia
de la calle Capitán Ferrer Morales con la salida sur de la Plaza del
Ayuntamiento[3], cuando
observé pasar a una veintena de paisanos con el brazalete de la bandera
nacional. Continuaron hacia la Plaza del Ayuntamiento. En este se encontraba la
fuerza local de la Guardia Civil. En el pueblo se rumoreaba que habían sido
detenidas algunas personas consideradas “izquierdistas”, siendo soltadas poco
después. Ese día quedó proclamado el “Estado de Guerra”[4].
La Guardia Civil, secundada por más de sesenta personas de derechas, asumieron
la función pública[5].
Un absoluto desconcierto, propio de
las circunstancias, reinaba en toda la comarca. La Guardia Civil de Pozoblanco
y significativos paisanos derechistas visitaron Alcaracejos y entienden que el
pueblo se adscribe a su causa, pero pacíficamente. No obstante, las actitudes
de adhesión o repulsa a la emergente deslealtad van tomando cuerpo, sobre todo
después de producirse unos gritos de ¡Viva la Guardia Civil!
Mónica Jurado Gutiérrez, madre de un
guardia civil, abrió una ventana de su casa situada en la calle del Padrón para
curiosear un poco. En ese momento, la Guardia Civil, temerosa ante cualquier
agresión inoportuna, hizo fuego con tan mala fortuna que hirieron de muerte a
la mujer. La señora Mónica fue la primera víctima de la Guerra Civil en
Alcaracejos.
En el
pueblo se habla de la inminente llegada de milicias populares procedentes de
Espiel: tratan de restablecer el poder civil apoyándose en vecinos de
izquierdas. La Guardia Civil se ha replegado. A las cinco de la tarde del 27 de
julio se produce la anunciada ocupación y detienen a unas cincuenta personas de
derechas. Horas después, procedentes de Pozoblanco y en dirección a Villanueva
del Duque, pasan por Alcaracejos varios camiones de la Guardia Civil. Entran en
el pueblo y liberan a los detenidos. La Guardia Civil recupera el poder. En el
tiroteo que acompañó a estos hechos no se produjo ninguna muerte.
El pueblo
permanece en estas circunstancias, hasta que el día 15 de agosto, la Guardia
Civil de Pozoblanco —donde estaban concentradas las tropas del resto de Los
Pedroches por la causa nacional— se rinden al Frente Popular. A esta rendición
se añadieron los ciudadanos que optaron por apoyar a la Guardia Civil.
El día 16 18 de agosto escaparon y trataron de llegar a
sus domicilios, tanto en Pozoblanco como en los pueblos de donde procedían. Uno
de Alcaracejos cayó muerto en la represalia[6]:
se trataba del hermano del cura párroco, don Antonio.
Por otra parte, el que habría de ser
mi padre político (suegro), Miguel Ranchal Pedrajas, había estado en
Pozoblanco. En lugar de venir al pueblo, se dirigió a una finca de su
propiedad, refugiándose en un chozo, al lado de la huerta Moya. Allí fue encontrado
por las milicias populares: hicieron fuego sobre[7]
él dentro del mismo chozo, donde murió. El día 17 de agosto visité al alcalde
con el objeto de iniciar los trámites para sepultar al cadáver. Un municipal me
acompañó a casa del juez, el cual se negó a abrir la puerta, dado lo avanzado
de la noche.
Tras identificarme y recoger la nota
del municipal, autorizó el traslado al cementerio. Tuve que comprar líquido
desinfectante y repulsivos para la manipulación del cuerpo, descompuesto,
después de día y medio expuesto al sol estival y proceder a su enterramiento,
llevado a cabo por el enterrador y mi cuñado Andrés Ranchal.
El día 19 de agosto me comunican que
debo presentarme en el domicilio del alcalde. Se me aconseja que mi cuñado
Andrés Ranchal no salga para nada de su casa, en prevención de que pueda
ocurrirle algo desagradable. Al parecer, había rumores de que Andrés había
dicho que tenía que vengar a su padre. A mí se me hacía responsable de lo que
pudiera ocurrir. Inmediatamente -sin esperar a mi visita diaria a mi novia
Paula- comuniqué a Andrés “el consejo” y la responsabilidad que yo adquiría.
Andrés me prometió que no daría motivos y que no había dicho nada de venganza
ni cosa parecida. El Comité Local dispuso que Andrés se tenía que trasladar a
la Sierra a fin de colaborar en “los esfuerzos colectivos”. Veo al alcalde, le
explico la situación de Andrés y accede a que termine su confinamiento, aunque
me advierte de que sigo siendo su tutor responsable.
El 25 de agosto notifican a Andrés
que se presente a las nueve de la mañana. Debe salir con su yunta para la
Sierra y colaborar con los demás para traer el aceite de la almazara del
término. Andrés se mostró más complacido con el trabajo que con permanecer
retenido en su domicilio, aunque su comportamiento era prudente y cauteloso.
Terminada la traída del aceite, yunta y dueño continuaron a disposición del
Comité Local.
Partida de Alcaracejos hacia Villaralto[8]
El día 8 de octubre, siguiendo la orden del Comité Local de
Alcaracejos salimos para Villaralto, que era donde se nos asignó la residencia
hasta que no se consolidara la ocupación de Alcaracejos con fuerzas
republicanas. Se trataba de evitar, a toda costa que los nacionalistas tuvieran
apoyo civil de algunos vecinos del pueblo. Esa preocupación por alejarnos de
Alcaracejos, facilitó el saqueo de casas y propiedades de las familias de
derechas.
Llegados a Villaralto nos indican que
tenemos que seguir hasta Santa Eufemia, donde a su vez nos ordenan que debemos
continuar hasta Guadalmez. Santa Eufemia está saturada de refugiados y no puede
admitir a nadie más. En nuestro éxodo fuimos dirigidos por el comité local de
Alcaracejos, el cual había requisado el ganado para atender nuestras
necesidades. Había un encargado que administraba la distribución de víveres y
también atendía otras necesidades. En Guadalmez nos dieron alojamiento -en la
Plaza del Ayuntamiento- unos familiares del sastre del pueblo, procedentes de Peñalsordo.
Nos instalaron en su propio domicilio, en una cámara de la primera planta que
acomodaron y limpiaron. Nunca olvidaré que nos trataron de maravilla.
El 25 de
octubre se conoció un bando del alcalde dirigido a los evacuados. En él se
comunicaba que, quien estuviera en edad militar, debería enrolarse
voluntariamente para defender a España de la sublevación de Franco.
La huida a Cabeza del Buey[9]
El bando era una advertencia clara: de no acudir
voluntariamente, te reclutarían por la fuerza en el lado republicano.
Aprovechando el desconcierto generalizado, tomamos la decisión de abandonar la “condición
de evacuados” y, tentando a la suerte, convertirnos en “huidos”.
El día 26 de octubre, sobre las tres
de la madrugada, salimos de Guadalmez en dirección a Cabeza del Buey. Allí se
encontraba mi hermano Bartolomé con su esposa Manuela. Tuvimos suerte de no ser
vistos. De haberlo sido, las consecuencias no hubieran sido buenas: íbamos tres
varones en edad de ser militarizados. A las sanciones del incumplimiento se
hubiera unido la pena de dejar sola a la familia, donde uno pasaba de 70 años y
había enfermos.
El viaje de Guadalmez a Cabeza del
Buey fue lento y penoso debido a carreteras en muy mal estado y estar asustados
permanentemente. Casualmente, al dar un mal paso, me accidenté el pie derecho
el cual tardó diez días en ponerse bien. En Cabeza del Buey, gracias a Dios,
nos alojaron en una casa muy amplia, vivienda de mi hermano, unas siete
habitaciones y servicios. Tuvimos la oportunidad de asearnos -falta nos hacía-
y descansar. Yo me dediqué a ayudar a mi hermano en la tienda que regentaba.
Haber vuelto a la venta el 30 de octubre me resultó un espejismo.
Llevábamos tres días en Cabeza del
Buey cuando se hizo público otro bando en el que se obligaba a todos los
varones en edad militar a presentarnos en la oficina de reclutamiento para
formar un batallón y enviarnos al frente. Ante la severidad del bando acudimos
a la oficina de reclutamiento, en la calle de la Cruz. En su puerta nos
encontramos unos cuatrocientos varones en edad militar. Muchos éramos evacuados
de distintas procedencias y circunstancias. Las condiciones reales eran que
quedábamos alistados como voluntarios. Se montó una gran protesta y un
escándalo mayúsculo. Para sofocarlo se acercaron milicianos de la estación de
Almorchón para no ser fichados ni por los manifestantes ni por las autoridades
de Cabeza del Buey. Nos retiramos a nuestros respectivos domicilios pues la
protesta podría tomarse como un desplante y una sublevación. Estas
circunstancias y el comienzo de los fusilamientos y asesinatos nos obligaba a
estar escondidos permanentemente. Las fatalidades continúan. En el entorno
familiar, son fusilados el suegro de mi hermano Bartolomé y su hijo: el cargo
más significativo era haber regentado el casino de los ricos. Todo esto debilitó
de nuevo nuestra moral y continuamos invisibles y escondidos.
Los
fusilamientos de derechistas siguieron sin ser juzgados ni presentados cargos.
Contamos unos diez días de peligro y susto generalizados.
Cuando
creímos pasado el peligro, tratamos de volver a Alcaracejos. La expedición
estaría constituida por la familia de mi novia y yo. Utilizamos el carro
arrastrado por la yunta de Andrés. Al no saber cómo podríamos escapar de Cabeza
del Buey, pensamos salir de madrugada tomando las calles menos alumbradas y sin
hacer ruido. Iríamos por Belalcázar, Hinojosa del Duque, Fuente la Lancha,
Villanueva del Duque y Alcaracejos. No tuvimos ningún encuentro adverso, a
pesar de que entre Belalcázar e Hinojosa un camión atropelló a una de las
mulas. A la familia no le pasó nada. Enterramos al mulo y enganchamos el de
repuesto. De nuevo en Alcaracejos, prestaciones a la retaguardia del ejército
republicano.
Como
suponíamos la tienda había sido saqueada. Las puertas estaban en muy malas
condiciones. Visitamos la parte del inmueble donde dejamos escondidas las
existencias de mayor calidad. No encontramos nada de lo escondido, ni los
trajes de caballero, ni las piezas de pana de la España Industrial, ni las
piezas de sábanas de la viuda de Torrás. Hecha a conciencia una limpieza
general, con artículos traídos de Cabeza del Buey, surtimos la tienda antes
vacía. ¡A vender!
La comisión de agricultura de la
República confeccionó unos vales para atender a evacuados. Estos vales
sustituían al dinero y teníamos la obligación de atenderlos. Jamás se cobraron.
Nos hicimos a la idea de que g. a. D. estábamos vivos y no reclamamos nada.
En septiembre de 1936 se me avisa que
debo ir a tupir paja a uno de los pajares del comité, propietario de todo. No
llegué a ir porque hubo un movimiento de tropas nacionales en el Puerto
Calatraveño[10]. Ante
la previsión de un ataque, nos enviaron a hacer trincheras con picos y palas.
Estuve en un cerro que da vista al río Guadalbarbo, en una finca de don Eufemio
Moreno, médico. El segundo día de cavar trincheras, a un kilómetro de distancia
en línea recta llegando al río, divisamos la caballería mora que estaba
haciendo una descubierta[11].
Nuestros “mandos” nos hicieron
aguantar su presencia a pesar de la corta distancia. Por fortuna, la partida de
la descubierta regresó a sus posiciones.
En esas estábamos cuando recibí una
comunicación de un familiar, mi tío Manuel Caballero Suárez. Tenía que
presentarme en el juzgado y se me eximía de ir a las trincheras. Pensé en algo
malo para mí, pero fui llamado porque había ocurrido un robo de ropa interior y,
como entendido, debía valorar los artículos robados. Así pasé de las trincheras
al peritaje. El robo, en una casa de izquierdas, consistía en prendas de una
novia que iba a desposarse. Cogieron a los ladrones con las prendas y como se
trataba de muchas, no me di ninguna prisa en valorarlas: o peritaje o pico y
pala.
De nuevo en la tienda familiar
llegaron algunos miembros de las juventudes socialistas y me pidieron que les
enseñara algunas piezas de crepón de color rojo para confeccionar camisas. Así
lo hice. Todos se despacharon a su gusto. Al irse me dijeron que ya lo
pagarían: jamás vimos el dinero.
Una mañana, al abrir la tienda, llegó
un señor preguntando por trajes de caballero. Escogió uno de los mejores. No
preguntó el precio. Me dijo: “UHP pagará”. Me quedé de una pieza por esa manera
de comprar. Se lo comuniqué a mi tío, Manuel Caballero. El cliente presentó
algunas excusas, pero no pagó. Creía que todo lo que había en la tienda era
para todos, menos para los dueños.
Páginas 26 y 27
“En febrero de 1937 llegó a
Alcaracejos una columna de milicianos que vestían trajes de pana. El mismo día
que llegaron, lo primero que hicieron fue visitar tiendas. Nada más llegar a mi
establecimiento, uno de los que tenían más mando me pide que le saque la pana
que tengo, pero que sea de buena calidad. Así lo hago y se la presento en el
mostrador. Al comprobar que era de la mejor calidad que había, me preguntaron
por el número de piezas. Les dije que una o dos. Entonces me exigieron que se
las entregara todas, aclarándome que lo pasaría muy mal si escondía alguna. Se
convencieron de que no disponía de más existencias y se despidieron diciendo
que ya me pagarían.
Al rato, por medio de un miliciano
llamado “el moreno de Santa Eufemia”, me llama el Comité Local. Me dice que lo
debo acompañar a la que fue casa del señor cura Párroco, entonces en prisión al
lado de la Iglesia[12].
En aquellos tiempos existía una
iglesia que fue destruida por la aviación nacional[13], al
estar ocupada por un batallón de milicianos.
Germán continua: paso a una
habitación donde se encontraba parte del Comité Local. Me piden que diga la
verdad. Insisten en que diga la verdad porque tienen una denuncia contra mí de
uno de los detenidos que se encuentran en la cárcel, situada al lado del
Ayuntamiento. Se me acusó de haber estado en el Cuartel de la Guardia Civil “prestando
servicio” con los sublevados. Nada de esto era verdad, así que les contesté
que la acusación no era cierta. Al decirme el nombre del denunciante, manifesté
que lo conocía por el nombre, pero no por haberlo visto. Les exijo que me digan
la hora. Al detallarme horas falsas pude demostrar, con facilidad, que estuve
en casa de mi novia. Quedé absuelto.
Mientras me estaban interrogando vi
pasar a otro miliciano con mi hermano Pepe. Lo condujo a la sacristía, lugar
donde recibían a todos los detenidos para tomarle declaración. Un familiar, de
izquierdas, se dio cuenta de que nos detenían a los dos hermanos en la iglesia.
No tardó en llegar a la casa del cura. Se enfrentó a los del Comité y exigió
nuestra puesta en libertad pues “sabía de buena tinta” que no éramos culpables
de nada. Nos acompañó a la salida y así finalizó este episodio que pudo tener
graves consecuencias.
Nota resumen sobre el edificio parroquial y casa rectoral: Gracias a estas líneas de Germán
Santos podemos concluir que el templo parroquial de San Andrés fue destruido
por la aviación de los nacionales, que la Casa Rectoral se utilizó de prisión y
que a los detenidos se les tomaba declaración en la sacristía.
Nueva historia: el casamiento en
Alcaracejos
Un miembro del Comité quería
instalarse en casa de mis suegros y echarlos fuera del pueblo. El mismo
familiar nuestro, de izquierdas, conocedor de nuestros deseos de casarnos lo
más pronto posible por tener la idea de pasarnos a zona nacional, me propone
que nos casemos enseguida para hacer ver que necesitamos la casa.
Iniciamos los trámites
comunicándoselo al juez, cargo que también desempeñó con la dictadura del
general Primo de Rivera. Al ser Sandalio Caballero familiar de mi suegra, aceptó
que la ceremonia se celebrara en casa de mis suegros, a pesar de que lo oficial
era casarse en el juzgado. Para los republicanos, obligar a la gente a casarse
en el juzgado, era una victoria y una fiesta que celebraban con cierta
exageración. Al no disponer de Iglesia, el juzgado era la única opción. Nos
casamos, en la intimidad y por lo civil —no había cura en zona republicana— el
21 de enero de 1937. Al enterarse los más revoltosos del pueblo de que nos
habíamos casado en un domicilio particular, hicieron comentarios de todo tipo,
centrando sus insultos e infamias en el mencionado juez. De no haber sido por
la decisiva intervención de uno de sus jefes, el juez hubiera sido linchado por
el cabreado populacho.
Vista la persecución de que éramos
objeto, mi primo Bartolome Santos, nos aconsejó que nos marcháramos a zona
nacional. Recuerdo la frase que me dijo:
—
Primo,
si yo me pudiera pasar, lo haría, porque esto está perdido, pero yo por mi
ideal, no puedo”.
Las fuerzas nacionales tomaron las
minas de El Soldado y comenzaron a atacar Villanueva del Duque. Como los
cañonazos y la fusilería se sentían muy cerca de Alcaracejos, el 8 de marzo
de 1937, nos escondemos en casa de mis suegros, en la calle La Iglesia nº
7.
El sitio
más seguro fue una habitación en la cámara que tenía el techo con palos, a una
distancia de sesenta centímetros. Con una sierra cortamos las tablas necesarias
y al subir y estar ya dentro, las poníamos de nuevo. Si alguien hubiera subido
hasta allí, estoy seguro de que no se habría dado cuenta de que nosotros
estábamos dentro.
Por encima
de nosotros había una camareta que daba con el tejado, y por su altura, desde
unos agujeros que había en la pared y que daban a Villanueva del Duque,
empezamos a ver fuerzas luchando al lado de la estación de ferrocarril.
Llevábamos dos días pendientes de que fuerzas luchaban, cuando vimos que al
lado de la carretera había moros de las fuerzas regulares y en la parte de la
estación, fuerzas diferentes que resultaron ser republicanas. Así aguantamos
los dos días escondidos hasta que decidimos salir de allí pasase lo que pasase
y marcharnos[14] por las
dehesas y jarales a la zona nacional.
Antes de
decidir nuestra huida pensamos que nos iban a encontrar. Empezaron a saquear
todas las casas y sentimos que había en la cámara un tropel de personas,
entonces sintieron ruido y oímos decir que había gente aguantando la
respiración. Al poco rato saltó un gato por encima de ellos y uno de los
saqueadores dijo: “Qué hijo de la tal, es un gato lo que hemos oído”. Al sentir
que bajaban y no buscaban más nuestra alegría fue inmensa. Habían abierto
baúles y se llevaron todo lo que les apeteció. Tras escuchar un rato, decidí
bajar. Al llegar a la cámara el corazón me dio un vuelco pues deslumbrado por
la claridad después de los días a oscuras, la ropa tirada y amontonada en el
suelo me pareció una persona. Menudo susto. No había nadie. Avisé y después bajó
toda la familia. Entre niños y mayores éramos ocho.
Una vez todos en la cámara cogimos
unas mantas entre las malas que habían dejado y decidimos salir por el portón
trasero de la casa. Nuestra intención era salir al campo y pasarnos a zona
nacional sabiendo que nos jugábamos la vida. Salimos por la calle Sol arriba.
Nos dio miedo comprobar que todas las casas estaban abiertas y con bultos por
todos lados. Pensamos que todavía estaban saqueando y que los saqueadores huían
por la proximidad de los nacionales. Una pena que
Germán no cite fechas ¿Supongo que podría ser finales de marzo?, fecha de la
batalla de Villanueva del Duque[15], llamada por costumbre y
error “Batalla de Pozoblanco”.
Salimos al
cruce de la calle Sol. En su centro había una fuente. Tuvimos otro sobresalto
al comprobar que en la misma había cables y teléfonos instalados por los
republicanos, pero en ese momento no había nadie a cargo de ellos. Esto nos
hizo salir con rapidez para intentar llegar a la casilla del posadero Juan
Martín que estaba en una cima. Llegamos a la Cruz de la calle El Sol, en el
camino viejo de Pozoblanco: las balas y cañonazos llovían por todas partes de
un bando y otro.
A mucha
distancia se divisaba la carretera en la que se veían abundantes y personal
subiendo a los mismos. Ese detalle nos[16]
dio fuerza para seguir nuestra aventura. Agachados, caminamos lo más deprisa
que pudimos hasta que conseguimos llegar a la casa antes mencionada. Las
circunstancias y el esfuerzo nos tenían agotados. Entramos en la casilla y solo
pudimos beber aguardiente aguado. De comida no teníamos nada. Entonces
encaminamos nuestros pasos hacia los jarales y Casilla Bóveda[17].
Llovía torrencialmente. Nos pusimos como una sopa. No se veía mucho y todos los
chaparrillos y matas nos parecían personas. Nuestros pensamientos eran que en
cualquier momento no podíamos encontrar con milicias republicanas. A un
kilómetro de la Casilla Bóveda vimos a un hombre. Nunca pensamos que era otro
que corría una aventura similar a la nuestra. Además se trataba de una persona
conocida y amiga: era Honorario, natural de Villaralto. Nos facilitó alguna
información acerca de donde podrían estar los nacionales. Había estado
intentando averiguar por donde podría pasarse durante los tres últimos días a
la zona nacional.
Este mismo
amigo nos aconseja que no nos quedemos en la Casa Bóveda y que marchemos al
Coto que sabía que estaban los caseros pastores y demás familia. Emprendemos la
marcha hacia El Coto. Honorario se quedó porque decía que a él solo le sería
más fácil pasar a la zona nacional. Nos deseamos mucha suerte.
Aproximadamente,
a las dos de la tarde llegamos al Coto y los mencionados caseros – pastores—
nos dieron cobijo. Encendieron candela para para secarnos y calentarnos. Nos
hacía mucha falta.
Comidos,
calentitos y secos les comentamos nuestras peripecias hasta llegar allí. No
sabían nada de lo que estaba ocurriendo en el pueblo. Al enterarse, nos
comunicaron que ellos también querían pasarse a zona nacional.
Faltarían unas dos horas para la
noche cuando los caseros, con cara descompuesta, nos dijeron que nos
escondiéramos. Habían visto un fulano con un pañuelo rojo al cuello que venía
hacía el cortijo. Desconocían quién pudiera ser, así que nos preparamos para
afrontar la situación. El visitante insistía a los caseros para que les dijera
si estábamos allí. El desconocido resultó ser un miliciano local de Alcaracejos
que llevaba la misión de encontrarnos. Convencido de que los caseros no le
decían la verdad sobre nosotros, se le ocurrió aclararles que se marchaba a
Pozoblanco, de dónde volvería con más milicianos y “ni vosotros ni los que
están escondidos veréis más la carretera”, les dijo.
Fueron
momentos de gran incertidumbre. Entre todos decidimos que la mitad de los
hombres iríamos a buscar la carretera de Córdoba. Se trataba de comprobar si por
ella circulaban camiones, subían hacia el Puerto Calatraveño y si eran fuerzas
republicanas o nacionales. Todo había que hacerlo ocultándonos lo mejor
posible. Las cunetas nos fueron de gran ayuda. Uno de nosotros hizo una raya
con tierra en la carretera, de cuneta a cuneta. Tratábamos de averiguar si los
camiones pasaban hacia el puerto, desde Alcaracejos hacía el Calatraveño.
Volvimos al cortijo para informar de nuestras andanzas y descansar un poco. Al
rato volvimos a la carretera y comprobamos que la raya de tierra estaba
intacta: no había pasado ningún camión. Era evidente que los camiones no
pasaban de este lugar, aunque era posible que los milicianos se bajaran antes y
subieran el puerto a pie.
Vuelta al cortijo de El coto.
Intercambio de conversaciones con familiares. Estábamos decididos a buscar el
frente nacional y terminar con esta pesadilla. A las cinco de la madrugada
salimos en dirección al cerro Los Margaros, muy cerca del Calatraveño, acompañado
de un borrico cargado de mantas. Era lo único que teníamos.
Página 38 arriba
El relato de Germán
continua… es interesante, pero…ya no hay casi nada de Alcaracejos y eso le
quita parte de mi interés….lo dejo ahí…no sé si algún día lo retomaré.
El 2 de julio de 1939 toda la familia
de Germán Santos se marchó para Alcaracejos, menos su cuñado Andrés, que por
ser más joven, no fue licenciado hasta pasados unos meses.
[1] Página
11.
[2]
Los soldados de cuota eran reclutas que, tras pagar una cantidad de dinero al
Estado, reducían drásticamente el tiempo de servicio militar obligatorio. En
1936, último año de vigencia de este sistema, los pagos oscilaban entre 1.000 y
2000 pts, lo que permitía acortar la mili a 5 o 10 meses. Además de servir
menos tiempo podían elegir destino, vivir fuera del cuartel, estaban exentos de
maniobras y si completaban los cursos podían licenciarse de oficial o
subteniente. Este modelo permitía a los jóvenes de familias acomodadas eludir
el largo servicio obligatorio que sufrían las clases populares. El sistema de
cuotas fue abolido, definitivamente, en 1936 durante la Segunda República,
aunque el estallido de la Guerra Civil ese mismo año alteró todo el sistema de
reclutamiento.
[3]
La tienda familiar tenía dos numeraciones: Calle Capitán Ferrer Morales nº 1 y
Calle del Ayuntamiento nº65. El edificio tenía puertas a las dos calles.
[4] Página
14
[5] Creo que
quiere decir el orden público.
[6] Al
parecer, avisados, grupos de milicianos los estaban esperando en las entradas
de los pueblos.
[7] Página
15.
[8] Página
18
[9] Página
19
[10]
Don Eufemio era el padre de don Arturo, médico, y de Alfredo Moreno que se casó
con Isabel.
[11]
Hacer una descubierta, en términos militares, es una misión de exploración o
reconocimiento realizada por un grupo pequeño de soldados que se adelanta al
grueso de las tropas. Su principal objetivo es tener información del terreno o
detectar la presencia o movimiento del enemigo para evitar emboscadas.
[12]
La casa del Párroco era la Casa Rectoral, situada a la izquierda del templo si
miramos su fachada. Deduzco que la Casa Rectoral, construida a principios del
siglo XX, fue utilizada como prisión, al menos para el Párroco.
[13]
Esto lo intuía en mis investigaciones. Germán lo dice claro, fueron los
nacionales los que bombardearon la Iglesia.
[14] Página
31
[15]
Lo duro de la ofensiva nacional sobre zona republicana, en marzo de 1937,
ocurrió entre Villanueva del Duque y Alcaracejos. Germán Santos lo dice claro:
Veían luchar en los aledaños de la estación de ferrocarril”. Julio López
también lo recoge en su libro “La II República y la guerra civil en
Villanueva del Duque”, 2015.
[16] Página
34.
[17]
La Casilla de la bóveda se encuentra en la zona de los jarales. Su origen es
desconocido y su construcción muy singular. Podemos encontrar una foto bastante
buena en la página 56 del libro de José López Navarrete, 1988, “Recopilación de
datos sobre Alcaracejos y sus costumbres”.

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